50 años de Todos los hombres del presidente: secretos del mejor thriller político de la historia y dónde verla
A medio siglo de su estreno, el film sobre el caso Watergate sigue siendo una clase magistral de periodismo, cine y tensión narrativa.
El 9 de abril de 1976 se estrenó la película basada en el libro de los periodistas Carl Bernstein y Bob Woodward que detalla su investigación del caso Watergate, un escándalo político de tal magnitud que desembocó en la renuncia del entonces presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, en agosto de 1974.
Aunque la historia real por sí misma sea un thriller espectacular, había que llevarlo al cine, meterlo en dos horas y hacerlo atractivo para el público. Esta hazaña la consiguió de forma extraordinaria el director Alan J. Pakula, autor además de títulos como La decisión de Sophie (1982), Testigo en peligro (1990) y El informe Pelícano (1993), entre otros.
La película, ambientada casi exclusivamente en la redacción del diario The Washington Post, está meticulosamente documentada —con inolvidables escenas que aún son recordadas por aquellos que tuvieron oportunidad de disfrutarla— y no ofrece explicaciones sencillas al espectador.
Exige una gran atención, sobre todo a aquellos que no conozcan los detalles de la historia. Y aunque no se pueda seguir el hilo no importa porque es genial y atrapa igual.
Actualmente se puede considerar un sentido y nostálgico homenaje a lo que fue el periodismo de prensa gráfica del siglo XX.
Protagonizada por Dustin Hoffman y Robert Redford en los roles de Carl Bernstein y Bob Woodward, respectivamente, el film —que actualmente se puede ver en HBO Max— ofrece grandes actuaciones de todo su elenco, incluidos los papeles más pequeños.
Y su calidad cinematográfica fue reconocida con cuatro premios Oscar: Mejor actor secundario (Jason Robards), Mejor dirección de arte, Mejor sonido y Mejor guion.
Secreto de un éxito
1. La idea que definió toda la película
Robert Redford, en ese entonces la mayor estrella mundial, contactó a Woodward y Bernstein en octubre de 1972, cuando el caso Watergate aún se estaba desarrollando, para expresar su interés en él. Los periodistas no tenían tiempo para reunirse con figuras de Hollywood en ese momento, pero Redford dijo algo que los impactó.
Les comentó que la forma más interesante de contar la historia no sería simplemente revelar toda la información que habían descubierto, sino presentarla poco a poco, en el orden en que la habían encontrado; es decir, convertir la historia en un relato procedimental, como una novela policíaca.
Al principio, Woodward y Bernstein no estuvieron de acuerdo, pero pronto se dieron cuenta de que Redford tenía razón y adoptaron su enfoque al escribir el libro.
“Él sembró la semilla de todo esto en aquella primera llamada telefónica”, declaró Woodward posteriormente.
2. El proyecto que pudo haber sido otra película
Como productor, la idea original de Redford era rodar la película en blanco y negro, casi al estilo documental, sin actores conocidos. Pero en Warner Bros. sabían que iba a ser una película costosa (ya habían pagado 450.000 dólares por los derechos del libro) y le avisaron que necesitaban su nombre en los créditos para promocionarla.
Una vez que Redford aceptó interpretar a uno de los protagonistas, quedó claro que el otro periodista también tendría que ser interpretado por alguien famoso, para evitar que el público percibiera un desequilibrio de poder entre Woodward y Bernstein.
3. Un problema de egos… resuelto con elegancia
Una vez que Dustin Hoffman fue elegido para el papel de Carl Bernstein, surgió un problema menor pero delicado. Hoffman era más nuevo en Hollywood que Redford, pero era casi igual de famoso, con tres nominaciones al Oscar en su haber.
Además, Woodward y Bernstein eran socios en igualdad de condiciones, y ambos debían recibir el mismo trato en la película. Entonces, ¿cómo debían aparecer los actores en los créditos? Alguien tenía que figurar primero.
Redford y Hoffman (o sus agentes, más probablemente) llegaron a un acuerdo similar al que John Wayne y James Stewart habían utilizado en Un tiro en la noche. Redford obtuvo el primer puesto en los anuncios, trailers y demás material publicitario, pero en la película, Hoffman ocupaba el primer lugar.
Cabe mencionar que, aunque a los periodistas se les suele llamar "Woodward y Bernstein", sus firmas siempre los listaban alfabéticamente: Carl Bernstein y Bob Woodward.
4. El guion que nadie quería (al principio)
El primer borrador del guion de William Goldman no gustó a nadie: ni a Redford, ni a Woodward, ni a Bernstein, ni a los editores de The Washington Post, a quienes les pareció demasiado “jocoso”.
Sin que se lo pidieran, Bernstein y su novia, Nora Ephron —quien más tarde escribiría Cuando Harry conoció a Sally (1989) y Sintonía de amor (1993)— redactaron su propio borrador y se lo presentaron a Redford y Goldman.
Este último se sintió ofendido ante la sola idea de que dos advenedizos sin experiencia en guion se atrevieran a revisar su trabajo, y se enfureció aún más cuando Redford sugirió tímidamente que considerara sus aportes.
5. Método, convivencia y obsesión por el detalle
Los actores pasaron mucho tiempo con los personajes que interpretaban, y si bien Woodward era algo reservado (en general, y sobre todo con Redford), el extrovertido Bernstein se llevaba muy bien con Hoffman.
Lo invitó a su casa a cenar durante la Pascua judía y le prestó su reloj de pulsera para que lo usara en la película, para mayor autenticidad.
6. La redacción que hubo que reconstruir desde cero
La película se rodó en exteriores siempre que fue posible, pero no era factible filmar en la redacción siempre activa del Washington Post.
En su lugar, un equipo tomó cientos de fotos y medidas del espacio de trabajo y construyó una réplica a tamaño realen los estudios de Warner Bros.
7. La pelea por la calificación
La Motion Picture Association (MPA) le otorgó al principio una calificación R (Restringida para menores de 17) debido a que contenía aproximadamente diez veces la palabra "fuck".
Tras una apelación, la junta de clasificación cedió y le dio una calificación PG (sugiere la supervisión de los padres), convirtiéndola en una de las pocas películas PG que utiliza esa palabra, y mucho menos diez veces.
Incluso hoy en día cualquier película que use esa palabra más de un par de veces recibe automáticamente una calificación R.

